sábado, 15 de noviembre de 2008

La ética de la comprensión

Uno de los problemas cruciales del esquema causal es su noción descomprometida e incomprensiva de lo que toma por su efectividad o, si lo prefieren así, la indeterminación de su proceso en la ausencia de su conciencia. Nos debe sorprender que aun teniendo el don de la conciencia, el fenómeno más complejo que jamás se haya conocido, lo tomemos en su inversión, en el reverso que pretendiendo doblegar se olvida.

Estamos lejos de negar las innegables posibilidades que nos trae la conciencia. Se trata de un ejercicio conveniente en filosofía como cuidado de sí misma, pero se cae con facilidad en la indeterminación conceptual de su objeto. Este ejercicio de suspensión categórica y continuo tránsito de movimiento esencial, atribuido generalmente a la labor especulativa, es indeterminado en su privación, no de la conciencia o la indeterminación, que no son nada por sí mismas, sino del objeto de ese ejercicio. El atontamiento de la crítica a la especulación parece que se fija en el objeto que retrasa y no en el que posibilita, su cuidado.

Es el camino del atontamiento el que conduce no ya a la incomprensión, la que toma por principio por definición, sino a un camino menos sutil como es la mera confusión. Al indeterminar la comprensión y deshacernos de sus objetos negamos no sólo su conciencia –no olvidemos, el proceso- sino el retraso de su efectuación. Al haber confundido la síntesis la recreamos como obstáculo fenomenológico.

El afinamiento de la estética a la ética en su mayor complejidad, donde es necesario la comprensión de los estados efectivos que padece la conciencia, se despliega en un proceso que es en su posibilidad el objeto. Lamentablemente, se toma estas ideas como especulación sin objeto, indeterminación esencial. En el pragmatismo de la conciencia hacemos barridos de búsqueda de posibilidades de lo que tratamos de definir. Su síntesis es problemática por ello mismo, porque emerge en su acción, se hace continuamente nueva por el ejercicio de su conciencia.

Las cabezas huecas que sepan formular esto matemáticamente, como hizo en su día Leibniz, se verán sorprendidas por la infinidad de su proceso. Está claro que esa conciencia es un modo de asalto que no sólo hace las cosas posibles sino se hace posible a sí. La revolución de la posibilidad es más efectual, un pragmatismo sutil pero no ético. Miremos la conciencia dada a sí, su cuidado, y su revolución es una labor no presa de las síntesis del mundo, sino de las condiciones que tomó en su limitación como no límites.

El filósofo que con más claridad concibió esta idea, Hegel, olvidó el cuidado de su profanación; es decir, su atrevimiento fue la violación de la cosa en sí, de la que insensatamente se apropió.

No es la conciencia en el mundo, ni el mundo en la conciencia; la identidad en la que deriva su síntesis es su ejercicio, no su recreo. No ser capaces de lograr esa suspensión nos hace éticamente ciegos, tontos, irresponsables y retrasados. Al padecernos a nosotros mismos nos recreamos, nos creemos, y no nos creamos.


Teniendo en cuenta que ubico la ética en la posibilidad que incondiciona lo real por su síntesis fenomenológica, la indeterminación del ejercicio de la conciencia, estamos invirtiendo lo que alguien ha definido como la falta de relación entre aspectos intelectuales de la conducta y ética. En una línea contraria a la que sigo, se indetermina el ejercicio de la conciencia quitándole el sentido en el que se ve inmerso, negación y olvido de la urgencia. Como quien hace ese tipo de sofistería da toda la importancia a la verdad y a la ciencia, se queda secuestrado en los márgenes que condicionan su estúpida causalidad.

En la conciencia se vive un ensismismamiento que debemos dirigir a su apertura. Nuestra profanación del simismo lo hemos tomado como la bella filosofía, nuestro cuidado y responsabilidad.

Si ejercemos de buenas a primeras lo que definimos y no suspendemos la definición, nos adentramos en un velo continuo. Esta forma de tautología, engañarse a uno mismo y reírse de sí, no es más que necedad.

La conciencia es posibilidad de problematización, ruptura de continuidad y enganche de sentido a su vacío o falta. El curso de su despliegue no es cabalmente incondicional, sino que ese es su efecto. La comprensión, como hemos dicho, no se atasca entre momentos, su recreo analítico no pretende verdad sino como proceso innombrado y sólo especular.

Ante la urgencia emocional, que es una condición límite del recreo volitivo, no hacemos ética sino, en el mejor de los casos, estética pasiva. Es extraño que quien defiende el ridículo orden de Spinoza no haya entendido el sentido de aquella maravillosa ética que Spinoza nos dejó. La filosofía es otra cosa que su definición; es, mejor mirado, su ampliación. Esto no se puede hacer por el camino de su verdad, sino que su arte es más bien aquello que suspende como verdad.

Siguiendo mi crítica a Hegel, la misma que la que hago al cientificismo, su simismo es su falta de conciencia. El cientificismo es lo mismo que la inversión de la cosa en sí kantiana por la perversión del movimiento trascendental. Abalanzarse sobre las cosas es apresurarse sobre ellas, hacerse sujeto del tiempo, es decir, subjetivismo. Eso es estética, no ética.

En varias ocasiones he relacionado a Hegel y el cientificismo, ambos son un delirio. Bunge corrompió, en la cita que traje suya, el crucial problema de la cosa en sí -¡si Kant estaba destapando y posibilitando la epistemología del conocimiento científico!-, y ahora pervierten la ética al condicionarla a una definición.

Está claro que si queremos saber algo de filosofía nos cuidemos primero de no tomar su momento por su proceso. El pragmatismo de la conciencia es necesariamente especular por su filosofía. Su ejercicio es su ética, no su definición. La dialéctica de la negación se presta a hacer lo que Hegel hizo con ella, imposibilitarla, de nuevo, lo que el cientificismo hace. Todo lo contrario a la ética.